Mi morena Black Witch Mariposa negra
Relatos y algunas historias

BLACK WITCH

MARIPOSA NEGRA

Relato ganador del 3º premio del VIII concurso de narrativa breve Premios Esteban Díaz (Ugena 2021)

Hace tres días tuve un extraño sueño, soñé con mi muerte, soñé como me asesinaban. Hasta ahora nunca había creído en sueños premonitores y he de añadir que la muerte es un estado de placidez sobre todo cuando la vida ha sido mezquina y perversa con uno.

La mañana del domingo me desperté muy temprano, aturdido y desconcertado. El sueño se manifestó tan real que tardé unos minutos en dilucidar realidad y quimera. Desayuné un café doble con una tostada después de una pausada ducha y cuando creí encontrarme de vuelta al desabrido mundo donde habito, me ocurrió algo inaudito:

Una mariposa negra conocida como black witch, se posó en el alféizar de mi ventana. Jamás había visto una mariposa negra, en ese momento no supe lo que significaba. Incrédulo pensar que era una señal de la vida o mejor expresado: un mensaje del ángel de la muerte. En ese instante al verla, los pelos se me erizaron y un malestar general me invadió por todo el cuerpo. Dos insólitos sucesos me acontecían aquella mañana de un domingo cualquiera. Dos increíbles sucesos a los que no di importancia alguna. Desde la ocurrencia de mi madre al nacer eligiendo mi nombre no me había ocurrido algo así.

Me llamo Inocencio, aunque de inocente puede que no tenga nada, bueno que nací un 28 de diciembre y en contra de mi madre, a mi padre le pareció el nombre más apropiado para un niño nacido, fuera del matrimonio en época todavía del régimen, como la consecuencia del amor inocente de dos jóvenes. Ahora tengo o mejor dicho tenía 54 años cuando me asesinaron, fue un 23 de febrero. Debe ser que las fechas claves van marcadas en mi persona. A mi extensa edad nadie hubiera creído que moriría un 23F, yo tampoco. Tan alejado del mundo castrense, constatada mi fobia a cualquier cosa que pueda englobar el término bélico. Si hasta me libre de la mili gracias a la acromatopsia congénita originaria en el escabroso embarazo de mi madre. Como última lección de vida, esto de la fecha rectifica lo que todos sabemos y es el hecho de que ningún ser humano sabe cuando va a morir. Es posible que más de uno piense, que, en mi caso, era de esperar debido a la vida de excesos e inadecuadas amistades adquiridas en mis últimos años.

Sin embargo, existió otra vida para mi, una donde los colores eran tonos pastel, donde el sol entraba por las ventanas de un hogar, donde la música que acompañaba mis días era la risa de mi hija. La típica vida cotidiana, nada original de quien termina sus estudios de empresariales, encuentra trabajo en un célebre banco, conoce a una extraordinaria chica (guapa, lista, simpática y cariñosa) soy consciente de que llegué a ser la envidia del barrio en aquella época. Siguiendo con el guion preconfigurado, chica guapa se casa con el chico simpático y a los cuatro años tienen una hija. Nueve años más tarde un lapso de cinco segundos de distracción al volante ponen el punto final, quebrando una vida de felicidad. Los colores pastel se tiñen de tonos grises y negros. Y comienza el deterioro de un ser humano, el mío propio.

Sobra decir que jamás superé todo aquello y no solo eso, sino que su recuerdo se perpetuo en mi. De manera previsible mi desolación la ahogaba en alcohol. Cuando el alcohol no era suficiente otras sustancias estupefacientes alcanzaban el olvido de mi calvario. Perdí el trabajo, los amigos y como un autómata me fui zambullendo en un mundo turbio, oscuro, del que no supe salir.

Cuando te alejas de la bondad a causa de los dramas de la vida y empiezas a vagar por los caminos de las tinieblas, te haces súbdito de la corrupción. Convirtiéndote en un depredador, dejas de ser el dueño de tus actos y tus impulsos porque junto con tu alma, los has vendido al mal.

La evocación del día que las perdí está siempre presente. Los años han infundido más aplomo en mi cuando lo revivo, aún así, no llegaré a comprender como pudo ocurrir, tan solo aparté unos segundos la mirada de la carretera para echar la vista atrás y mirar a mi hija, lo siguiente fue la cabina del camión con la que choqué de frente. Encontrando un consuelo, ellas dos murieron en el acto, mientras, yo pasé un mes en coma y desperté con la gran desgracia de recordar todo lo ocurrido y con la sensación de haberme amputado dos de mis extremidades.

No pretendo utilizar mi desgracia como excusa sobre las barbaridades que he cometido más tarde. Mi aspiración es liberar mi pesar incluso después de muerto. Y bien sea en el infierno o en el purgatorio, poder descansar en paz. Hablando de muerte os relataré los hechos de mi asesinato:

Conocí al Flaco en un garito de mala muerte una noche infinita de fiesta y algunos desvaríos. Él, era otra alma extraviada como yo, sin familia y en su caso, sin pasado. Congeniamos muy bien y nos hicimos “colegas”, amigos unidos por la noche y la embriaguez. El Flaco era conocido por mucha gente. De las típicas personas que hablan hasta con su sombra y se manejaba como pez en el agua en todos los ambientes turbios. Con él la diversión, el acopio de drogas y por tanto la amnesia que yo codiciaba estaban servidas.

Un día llegó con la noticia de un negocio. Había conocido a una banda, creo que, de algún país de Europa del este, Los Bakoza, se hacían llamar. Según se decía unos tipos muy peligrosos con los que había que andarse con ojo. Estos empezaban a introducir en España lo que se conoce como “sales de baño” y nosotros nos encargaríamos de venderlas por ahí. El asunto era muy tentador, expuesto sí, arriesgado también, pero necesitaba el dinero, además no tenía nada que perder.

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