Relatos y algunas historias

¿Y AHORA QUE VOY A HACER JUAN?

¿Y AHORA QUÉ VOY

A HACER JUAN?

De repente te veo aparecer, caminando, zurrón al hombro, distraído como de costumbre, marcando tu paso con ese silbido tuyo: “fiui, fiui, fiui”, tan peculiar, tan reconocible por allá donde ibas. ¡Ay que ver Juan como son las cosas! Cuando te conocí y lo oía daba hasta un respingo, hasta las olivas se me caían de las manos, porque comenzaba a temblar nerviosa. Tú y tu silbido ocasionaban en mi un entusiasmo desconocido, me soliviantabas. Luego aguantar la reprimenda de mi madre, ya sabes como era, mientras se trabajaba no cabía sitio para nada más. Y cada vez que veía que se me caían las olivas se ponía enferma. Y eso que ella lo sabía, antes que yo, se dio cuenta enseguida del tilín que me hacías y que era correspondido. Ahora lo sé y ahora me he dado cuenta del porque quería que fuera con ella de pareja a recoger aceituna. Siempre le gustaste, a pesar de que a mi se me cayeran las olivas solo con escucharte. Menos mal pobrecita mía, que murió antes de descubrir lo que luego ocurriría.

En estos últimos tiempos nunca me atreví a decírtelo, pero aborrecía tu silbido, si Juan, ya puedo contártelo, que te enteres de una vez, me llegaba a revolver el estómago. 

Me pasó con tu silbido como contigo, no te niego que antes era feliz, antes de aquel día. Y ahora que me he quedado sola, aquí contigo, de repente me brotan todos los recuerdos. Te miro tan inmóvil, tan guapo, porque siempre lo fuiste. Que te deteste es una cosa y que reconozca que fuiste muy guapo otra muy distinta. Pensarás que soy una cobarde porque sólo ahora viéndote tendido en la cama con la mortaja puesta es cuando soy capaz de decirte todo esto. Antes temía tus arrebatos, tus cambios de giro y de escenario. Nunca me llegaste a poner la mano encima, cierto, aunque no hizo falta para tatuarme el cuerpo a cicatrices.

Intento recordar y te veo aparecer como aquel día, sonriente, altivo, galante, tan decidido que me abrumaste. Elegante hasta vareando olivos, ¡menudo porte tenía el gachó! Además de lo jovial y atento que fuiste con mi madre y conmigo.

Nos casamos porque ya tocaba y compramos estos olivos con el sudor de nuestra frente y las pocas perrillas que teníamos. Construimos esta casa y nadie nos regaló nada, a pesar de las habladurías de la gente del pueblo. Se creían los gaznápiros que habíamos trincado los cuartos. Luego, quisiste vacas, porque tu sueño era hacer queso y nada te negué. Invertimos los pocos ahorrillos que nos quedaban en las vacas lecheras. Trabajé sin descanso, día y noche, como tú. Con mucho sacrificio sacamos un buen queso y ¡que buen queso!, no es porque fuera nuestro. Nos iba muy bien entre el queso y los olivos no nos podíamos quejar. Fue una época entrañable, de mucho esfuerzo y fatiga, pero hermosa.

Estabas boyante, por eso te empecinaste tanto en tener un hijo, para enseñarle todo el oficio y que continuara tus pasos, ¿fue eso verdad Juan? Nunca me perdonaste que no pudiera tener hijos. El día que el médico nos lo comunicó, dejaste de mirarme del mismo modo. Y comenzaste a tratarme como un guiñapo. Yo también quería hijos Juan, a mi me dolió más que nada y nadie me consoló. Tuve que lamerme mis heridas, sola. No fui la culpable de aquel accidente. Te lo expliqué tantas veces, dichosa vaca que mientras la ordeñaba se revolvió, no se muy bien por qué, y me arrestó aquella coz en el vientre, ocasionando la fatídica hemorragia interna que derivaría en dejarme hueca. Si Juan, vacía como mujer, igual que me dejaste más tarde tú. 

A lo mejor si hubiéramos hablado, a lo mejor si nos hubiéramos ido al pueblo y vender el olivar, a lo mejor. Me gusta soñar con eso, pensar en como habría sido nuestra vida si aquello no hubiese existido. ¡Qué bonito sería! ¿A que si Juan? Sin reproches, ni odios, ni desprecios innecesarios. Quizás tendríamos hijos y hasta nietos. Yo les habría hecho los patuquitos como me enseñó mi madre. Lo mismo ellos no habrían querido quedarse aquí, a lo mejor hubiesen estudiado y se hubieran marchado a la capital, los tiempos va cambiando. Sonrío cuando pienso en un hijo médico, igual de alto y apuesto que tú. ¿Te imaginas Juan? Tiene que ser bonito decir: tengo un hijo médico o maestro. Y así cuando bajara al pueblo a comprar no tendría la necesidad de escuchar los cuchicheos de las lagartonas a mis espaldas.

¡Ay, Juan de mi vida! ¿Y ahora que haré con todo esto, yo sola? Bueno sola ya estaba antes, aunque de otra manera. Tantos años deseando liberarme de ti y llegado el momento no se que hacer, ni donde ir. 

Quizás escriba a mi tía Margarita, la hermana de mi madre, la que se fue a Madrid ¿te acuerdas? Estará muy mayor ya, aunque creo que seguía haciendo arreglos, si vendo todo esto quizás me ayude a montar una mercería, siempre me gustó tener una mercería. Colocar las bobinas por colores y vender lazos y botones. ¡Juan qué va a ser de mí! Hasta muriéndote me has causado un trastorno.

¡Ya vienen a por ti! ¡Ya llegan los de la funeraria! Aquí ya lo ves yo sola, seguro que al entierro va todo el pueblo, por aquello del aparentar. Si cuando te digo yo que aquí no me puedo quedar Juan. 

¡Ay cristo bendito, que pena más grande! ¿Qué será ahora de mi? ¿Juan por qué te has ido? ¿Por qué todo ha tenido que ser así? ¿Qué voy a hacer sin ti?

¿Y ahora qué voy a hacer Juan?

Mi morena A solas con Juan patio

-Que la Luna os sonría-

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